Dormitando en Selma


Tullido de palabras sordas
y sobrio de huecas garras
simulaba la eternidad con febril ansia;
la mujer que esperaba en un sollozo
llegó en el albo descompuesto
gimiendo con infernal y puritana endecha
al rincón suave de mi almohada,
a mi soporte brevísimo de olvidadas quimeras
y cantares despuntados;

Bramaba por el desvelo majestuoso
de tan frívola y fina estela,
a que sorbiera de la seda los cabellos
que al lado mío se derramaban;
brotando de la almohada y estrellándose en la ventana,
en el solio fantasmal que a deshoras
se sirve en la neblina y su radiografía se revela
en las palmas de la incineración presuntuosa
de cuanto infierno salpica sus escamas de fuego,
para que salga y aleje el luto oscuro con que se reviste
mi almohada y mi ventana, aquellos ecos nocturnos
que escurren en mi ventana
con su orgánica y líquida miseria.

Y el parpadeo del reloj,
la vetusta sombra que al lado mío se pavonea,
es el maullido degenerado de algún felino diurno
que erizándose aturdió los áticos
y crujieron plañideros ecos,
como si un desván sepultara en polvo la huella indeleble
de los funestos.

Llegó la mujer divisada como una musa,
el resto de su vómito se impregnaba en sus encajes
y ardía su garganta en platería;
arrullando la diamantina
que su vestido acurrucaba sobre la tela de su inmundicia,
vino y fue cantando su plegaria sonámbula
hasta mi almohada y pereció en el reflejo inerme
de sus castañas sombreadas.

La prístina anatomía del infierno vaga
en los corredores de mi alma,
¡salven la miseria de seguir usurpando
el estrecho vacío de mi amada
que sigue esperando fuera, con sus pupilas
bien retratadas en mi ventana!




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