Noches en vela

Cuando las noches son largas
y se curvan extensamente sobre las tinieblas,
no hay más que sentarse a morir pacientemente,
esperando que aquel ático se caiga en trozos
sobre la miseria que parece acumularse
en las telarañas de la noche...

Yo recuerdo los extensos diálogos, casi Socráticos...

Por encima de las urnas de mi mente,
estirándose hasta el cosmos que luce raquítico
sobre la parábola nocturna,
está su mano tiñendo los cabellos canos de la luna,
con su pincel de oscuridad,
calvo y con uñas en sus puntas.

Esa mujer, desgarrando la noche,
rompiéndola desde su esquina hasta su cimiente,
con el rasgar habitual de una hoja desesperanzada,
indispuesta a la tinta
y carcomida por el semen y el sudor y la parafina;
es un alcoholizado canto o susurro de los muertos,
voz de muerte, corola encendida,
flor que no cierra y muere derretida.

Ella es el eucalipto que se amalgama a mi encía...
ella que escribe en mi pupila
y se fuga soñolienta en las perdidas bóreas ígneas...

Ella, que al final de la escalera
me espera con la muerte,
danzando sobre centuriones y tejiendo un frente,
zurce un dogal para asfixiarme eternamente;

colgando de sus senos como campana hueca,
llamando a los muertos a su cena,
estoy yo como una sombra sin filo,
regada en el poniente de su hoja,
desmembrado por sus letras y enterrado en su silueta...

Cuando las noches son largas,
y el reloj es un piadoso contenedor,
mis huesos caen en las rendijas de su paladar,
cual alfileres sobre una roca...
cuando sus manos tiemblan en su pluma,
yo, sólo soy una escuálida nota...
(un silencio)


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